Comunicación e intercambio
El hombre crece gracias al intercambio con los demás. Juntos crecen, a su vez, con el intercambio entre ellos, el resto del planeta y el cosmos, en un ir y venir de información, de afectos, de flujos, de necesidades, de ajustes, de armonía, de proporción y correspondencia entre las cosas. El hombre como especie necesita estar atento, observar, sentir, entenderse a sí mismo para comprender su entorno.
El hombre aprendió de la observación y necesitó crear el lenguaje para comunicar sus experiencias a los demás. En este intercambio fue aprendiendo que los demás pueden observar un mismo fenómeno pero tener una idea distinta. Aceptar esto puede enriquecer los criterios y puntos de vista de cada quien, pues muchas veces otros miran algo que nosotros no miramos con el mismo interés o intensidad.
De esta manera, la comunicación asume un papel muy importante para el desarrollo y la evolución, para el progreso y la cultura de los distintos pueblos de La Tierra. De las costumbres individuales a las conductas sociales y viceversa, entre la imitación que uniforma y la comunicación que transforma, el hombre se va haciendo y va creando las condiciones de su contorno.
Por eso debe tener la capacidad para hablar de sí mismo sin temer la confrontación y las diferencias que encuentre con sus iguales. Cómo me siento, cómo observo las cosas, qué consecuencias preveo, cuáles son los valores que practico, cuál es mi interpretación de la vida, son elementos razonables para hablar y relacionarse con los demás de manera coherente y congruente.
No podemos pasar la vida repitiendo como perico lo que otros han dicho, aun cuando sean referentes valiosos para lo que queremos decir, porque es imposible no comunicar a los demás. Los gestos, la mirada, los movimientos corporales y el tono de voz desmienten o refuerzan las palabras, y toda comunicación tiene un nivel de contenido, de afectividad y de relación.
Como un ejemplo de los alcances a gran escala de la comunicación, están algunos hechos de conocimiento público que en su momento causaron fuerte impacto: la llegada a la luna en 1969 vista desde la comodidad del hogar, la angustia y el miedo que causaron las transmisiones en vivo de la Guerra del Golfo Pérsico en 1990, la caída de las Torres Gemelas en 2001 junto a la histeria colectiva de una nación, el uso del celular después del atentado en Madrid 2004 que cambió el rumbo de un gobierno, las elecciones norteamericanas de 2008 influidas por el uso de Internet.
En la esfera de lo individual, nos ilustra esta parábola atribuida a Sócrates, el sabio de la antigüedad griega. Al margen de que sea o no cierta, es una excelente reflexión sobre lo que llamó los tres filtros: verdad, bondad y utilidad.
Un día, un conocido se encontró con el gran filósofo y le dijo:
––¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?
––Espera un minuto –replicó Sócrates–. Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decirme. El primer filtro es la verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
––No –dijo el hombre–, realmente solo escuché sobre eso y...
––Está bien –dijo Sócrates–. Entonces realmente no sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
––No, por el contrario...
––Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Aun así podría querer escucharlo porque queda un filtro: el de la utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?
––No, la verdad es que no.
––Bien –concluyó Sócrates–, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno, e incluso no es útil, ¿para qué querría yo saberlo?
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